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Los mejores artesanos del mundo

20:09 27 de marzo de 2022 By Daniel Oiticica

Los salvadoreños celebran a lo grande lo que sea que les mueva el corazón. Foto: Fabio Lima

Por Joselyne Velásquez – Periodista salvadoreña

El Salvador es mágico, un destino con playas impresionantes, volcanes, montañas, lagos, pueblos pintorescos y, sobre todo, calidez humana. Un pequeño paraíso donde recibirás hospitalidad adondequiera que vayas y donde resulta sencillo encontrar personas con una sonrisa pegada al rostro. ¡Un rincón mágico que vale la pena descubrir!

El mundo sabe cuál es nuestro platillo tradicional por excelencia. Aquí, las oportunidades también vienen en la espontaneidad con la que las señoras toman un poco de masa de maíz en las manos, un poco de quesillo y convierten esa mezcla en una delicia gastronómica. Alrededor de las pupusas no solo se encierra un sentido de tradición, sino de compañía y amor.

Los salvadoreños celebran a lo grande lo que sea que les mueva el corazón. El servicio es una de nuestras cualidades más destacadas. En este caso, El Salvador tiene entre sus cerros a las personas más serviciales del mundo. Ellas están llenas de vida y ayudan a quien lo necesite. No dudan en apoyar a los corazones tristes.

El ritmo de vida va deprisa, pero al mismo tiempo transcurre de manera lenta. El paso de las horas se marca en las calles del Gran San Salvador, al compás del tráfico de la mañana, la tranquilidad de los atardeceres y el movimiento de regreso a casa.

Las madrugadas son abundantes, llenas de ganas de superarse. Basta con fijarse en el ajetreo matutino del Centro de San Salvador, donde cientos de salvadoreños recurren a sus puestos de trabajo, en su mayoría informales, para ganarse la vida perseverantemente. El trabajo comienza antes de que salga el sol.

Las horas pasan y luego el ritmo vespertino en la plaza Libertad se acomoda en la lentitud y calma de una taza de café. El café es protagonista indiscutible en la vida del salvadoreño. El café es parte de nuestra identidad y se mezcla con todo, pero, en la jornada de la tarde, se convierte en una estricta tradición el café con pan dulce, acompañados con una conversación amigable o cualquier otra amenidad.

Los salvadoreños somos ingeniosos, visualizamos una oportunidad en cualquier parte, no nos dejamos llevar por palabras negativas. Los salvadoreños somos proactivos, nos despertamos con el sol, trabajamos en el campo, en la ciudad, en los aires, en las emergencias; para la gente, con la gente y por la gente. Echamos a andar, sin duda, ideas de negocio, nos esforzamos por dar lo mejor de nosotros en cualquier lado.

Las oportunidades para superarse también se pueden percibir dentro de las aulas, de la mano de los maestros y del interés de los estudiantes. Para los salvadoreños, terminar un ciclo académico es cuestión de actitud y esfuerzo. A diario, antes de las siete de la mañana, cualquiera que transita en frente de la Universidad de El Salvador es testigo de cómo cientos de jóvenes estudiantes acuden a las aulas, respirando las ganas de salir adelante.

Nuestro pequeño territorio nos permite viajar de un lado a otro en cuestión de horas. Es así como se puede pasar de ver en la ciudad a una mujer con vestimenta elegante, yendo a su trabajo, a ver un hombre en el campo con camisa larga y sombrero, arreando vacas hacia un nacimiento de agua. Ambos, resaltando una de las características que mejor nos describe.

Los salvadoreños trabajamos duro, pero, al final del día, regresamos a casa y siempre agradecemos las oportunidades. La pasión por ayudar renace en cada paso de fe que damos.

En medio de adversidades que nos han puesto en un camino de incertidumbre, hemos aprendido a conocer la resiliencia, la solidaridad y la compasión. Nuestra historia deja en evidencia hechos que han marcado la vida de muchos, pero cada día despertamos con nuevas esperanzas.

En medio de una pandemia que impactó al mundo entero, sacamos fuerzas para cuidar de nosotros mismos, de nuestro pueblo. En medio de una crisis sanitaria sin precedentes, encontramos nuestra propia benevolencia y descubrimos que éramos más empáticos de lo que creíamos. Convertimos el miedo en esperanza, porque está en nuestra naturaleza.

Hoy sabemos que contamos con las oportunidades para salir adelante y nuestra perseverancia marca el camino para lograr todo aquello que nos propongamos.

Los salvadoreños creemos en un futuro lleno de frutos, un espacio donde pueda triunfar tanto un joven estudiante como la señora que viaja tres horas hasta el Centro de San Salvador para hacer su venta del día. Confiamos en nuestras capacidades sin importar el clima, la situación o las circunstancias que nos aquejan. Nuestras ganas de superarnos siempre vencen las inseguridades.

A pesar de ser el Pulgarcito de América, los salvadoreños somos del mundo. Apasionados, exagerados, tenaces e irreverentes. Creemos en todo y en nada. Pero en lo que nunca dejaremos de creer es en que somos un país pequeño que nació para ser grande, lleno de oportunidades para todos.

En palabras de nuestro poeta más universal, Roque Dalton, somos los mejores artesanos del mundo, los que dedican horas en plasmar nuestros paisajes en pintura. “Los vendelotodo, los hacelotodo, los comelotodo… mis compatriotas, mis hermanos”.